—La única desnudez que me incomoda, es la de la hoja en blanco que jamás supe vestir. Le dijo quitándose la ropa y pretendiendo que jamás odió sus muslos, experta ya en fingir que no le importaban los defectos propios tal y como no le importaban los defectos del cuerpo que se le develaba enfrente. Era su parte favorita de la desnudez masculina: que suele no estar tan consciente de lo que carece ni de lo que tiene de más, y si lo está da un comino al respecto. Toda prenda yacía ya en el suelo, inerte; ludópatas por excelencia, perdedores por naturaleza, no podían disimular deseaban continuar la partida. —¿Qué sigue, pues?— preguntó la mujer pensando que ya no quedaba más por derrochar. —Pues seguir jugando.— dijo él, colocando dos metros cuadrados de piel sobre la mesa. Encantada, ella igualó la apuesta y repartió las cartas. Mano tras mano fue jugada y cada una emparejada: dos pares de cabelleras, mil doscientos setenta y ocho músculos...
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